Aredhel capitulo 5 PDF Imprimir E-Mail
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jueves, 14 de enero de 2010

Hoy os traigo el 5º capitulo el relato de Aredhel, se que había gente esperándolo pero con esto de las navidades ha sido un poco caos todo, siento el retraso y espero que os guste…

 

Si no habéis leído los 4 anteriores, lo suyo es que empecéis por el principio, podéis encontrarlos en la sección de arteàrelatos.

 

Capítulo 5.

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- ¿Te volviste loca? – me dijo cogiendo aire – eso no se hace, me podrías haber matado – me dijo mirándome de reojo – ¿no te doy penita ni durmiendo?- me preguntó poniéndome pucherito, yo sin aguantar más me empecé a reír a carcajadas de la expresión de su cara.

 

 

Me fui de su casa por la tarde, sobre las siete, y me dirigí corriendo al final del cementerio, me volví a adentrar en el bosque hasta llegar a la escondida casita, entré pero estaba vacía, no había nada, ni muebles, no leña quemada en la chimenea, nada, ni rastro de Ralf. Regresé a las grandes rejas del cementerio y una vez fuera comencé a andar lentamente hacia mi casa llamando al móvil de Ralf, pero no hacía señales de llamada.

 

 

Miré los mensajes que me había enviado el día anterior, y en todos ponían lo mismo  “quería hablar conmigo”, y en los pocos mensajes de voz decían prácticamente lo mismo, corrí a casa de Martha de nuevo, por suerte esta vez me abrió ella, no fui capaz de pronunciar ni una sola palabra, simplemente me abracé a ella. Volví a pasar esa noche en su casa.

 

 

A partir de ese día nada volvió a ser igual, todo cambió, el chico del que estaba enamorada se marchó, se marchó para siempre, y solo porque fui una estúpida que ignoró sus mensajes y llamadas.

 

 

“Si no hubiera silenciado el móvil…” me repetía a mi misma una y otra vez, no volví a pasar otra noche en casa de Martha, la culpaba a ella, aún sabiendo que la culpa solamente fue mía, pero era tan cabezota que el orgullo podía conmigo y no era capaz de reconocer que fui yo la culpable de que ese chico, ese chico, ya ni me acordaba de su nombre.

 

 

No sé exactamente el tiempo que pasó, para mi todos eran iguales, monótonos, siempre se repetían una y otra vez, la misma rutina, levantarme, ir a clase, regresar a casa, hacer tarea y estudiar, cena y dormir, siempre la misma ruina sin saber en el día que estaba.

 

 

Mi tía aún no se rendía, intentaba hacer sonreír, y para complacerla le sonreía aunque sin ganas, mi cara mostraba felicidad, aunque por dentro nunca volvería a ser feliz, no hasta que esa persona regresara.

 

 

Llegó el verano, y mi tía por primera vez cogió las vacaciones antes de tiempo, ese verano nos marcharíamos de aquel lugar. No se donde me llevó, solo se que era a la playa, alquiló una casa a pie del mar, y todas las mañanas nos levantábamos tempranos para irnos a bañar, regresábamos para comer y volvíamos a la playa, nos quedábamos hasta tarde, que nos metíamos a la casa a cenar y luego salíamos a dar una vuelta.

 

 

Una de esas noches nos encontramos con mi antiguo grupo de amigos, mi tía me dejó con ellos y ella se marchó, al parecer acaba de llegar el novio, a mi no me importó, mi tía tenía el derecho de ser feliz, y yo no era quien para impedírselo. Me quedé con el grupo solo para complacer a mi tía, pero en verdad lo que me apetecía era estar sola.

 

 

Como siempre, al grupo, se le ocurrió la magnífica idea de ir al cementerio de aquel lugar, yo no dije nada, simplemente puse los ojos en blanco, todos me miraron molesto.

 

 

- ¿Qué pasa? – me dijo Alba, una chica bajita gótica – si no quieres venir no vengas, nadie te obliga – parecía la más molesta.

 

 

- No he dicho nada, solo advierto, no separarse ni caerse, que nadie se detendrá para ayudaros, y lo digo por experiencia – dicho aquello salimos en busca del cementerio.

 

 

Después de caminar un par de hora, y de dar por fin con el cementerio entramos, sus rejas estaban más gastadas que donde mis padres se encontraban enterrados. Todos quería entrar, pero ninguno se atrevía a ser el primero, volví a poner los ojos en blanco, me acerqué a las rejas la empujé, con un chirrido se abrió, entramos todos apretujados, a lo lejos vi que se unía con un bosque, al igual que el de mi pueblo.

 

 

Yo era la que iba delante, les hice una señal de que siguieran y yo me separé del grupo, todos siguieron caminando, todos menos una persona, una chica de pelo corto y rubia, con unos grandes ojos color miel, me miró sonrojada.

 

 

- ¿Puedo ir contigo? – me preguntó tímidamente, yo solo me encogí de hombros.

 

 

Seguí andando con ella pegada a mí, llegué donde se unía el cementerio con el bosque y me adentré a él, saqué la mini linterna que siempre iba conmigo y alumbré su interior, había un camino, lo seguí procurando no hacer mucho ruido, y al igual que el otro sitio, daba a una pequeña casucha, las luces estaban encendida, me paré ante la puerta dudando si llamar o no.

 

 

La chica se adelantó a mi y llamó a la puerta, una voz suave y familiar dijo que pasáramos, tímidamente la chica abrió la puerta y entró y yo detrás suya.

 

 

Lo primero que vi fue una mujer de unos veinte y algo de edad, alta y esbelta,  de largos cabellos castaños, ojos verdes y piel pálida. Se me quedó mirando al igual que yo a ella, se me acercó lentamente, pues yo no era capaz de moverme. De pronto aquella mujer tan familiar me abrazó y justo después de ella un hombre algo más alto que esa mujer, de cuerpo musculoso, cabellos largos y rizados y mirada color miel, su piel era del mismo tono que el de la mujer.

 

 

- Cuanto tiempo, pensamos que no vendrías nunca – me dijo emocionada la mujer.

 

 

La chica que me acompañaba se quedó atónita ante la escena sin saber qué decir o si salir corriendo o qué hacer.

 

 

Los cuatros nos sentamos en los sofás delante de la chimenea, la chica y yo en uno, y esas dos personas que me conocían en enfrente.

 

 

- ¿No nos reconoces? – me preguntó la mujer quintando la sonrisa de su cara.

 

 

- Creo que si, pero no estoy segura – dije con dudas – me suenan vuestras caras, pero no se de que ahora mismo.

 

 

- Normal, han pasado muchos años, aunque con las fotos deberías reconocernos – dijo la mujer mostrando una sonrisa amable.

 

 

- Somos tus padres – dijo de pronto el hombre.

 

 

Yo me quedé de piedra, no sabía como reaccionar, que hacer, que decir… ahora que los miraba si que se parecían a las personas de las fotografías de mi cuarto, aunque algo más pálidas.

 

 

- Margaret y Lucas Spirit – pronuncié sus nombres casi sin voz, ellos asintieron, lo que me dio a entender que me escucharon.

 

 

La chica que me acompañaba no sabía que hacer, solo estaba sentada junto a mi escuchando y mirando todo lo que sucedía en aquella habitación con la boca cerrada. Al entrar la chica estaba temblando, pero cuando escuchó lo que dijo el hombre noté como se relajaba.

 

 

Me levanté y me tire a sus brazos, ellos me correspondieron. Mi tía me había dicho que murieron en un accidente de coches, pero ahora que los tenía junto a mi tenía que saber que les había pasado y porque me dejaron con mi tía.

 

 

- Pero mi tía me dijo que habíais muerto – dije separándome de ellos y regresando con la chica.

 

 

- No exactamente, tuvimos que escondernos… - fue a contar mi padre.

 

 

- Mejor empezar del principio, tiene derecho a saber lo que nos pasó y el por qué la dejamos con mi hermana – le dijo mi madre a mi padre acariciando su mano, este asintió.

 

 

- Mira – dijo mi padre – nosotros éramos jóvenes, un par de años más que teníamos cuando te tuvimos…

 

 

- Queríamos salir a pasear, así que te dejamos en casa de tu tía – prosiguió mi mare – vinos una casucha abandonada, decidimos entrar…

 

 

- Me gusta lo misterioso, así que la convencí para entrar, pero resultó que la casa estaba ocupada por gente extraña – le ayudó mi padre – llegamos hasta la segunda planta, y allí vimos como seres que parecían humanos mataban a un niño de no más de cinco años – mi madre le apretó la mano – se dieron cuenta de nuestra presencia. Huimos de la casa, esa noche no pasó nada, pero no podíamos salir a la calle, por el miedo de que nos mataran o te matase a ti, así que le pedimos a tu tía que te cuidaras y nos largamos de casa.

 

 

- Fue para protegerte, iban tras nosotros y no queríamos que te pasara nada – me dijo mi madre. – Estuvimos años escondidos, hasta que dieron con nosotros y nos convirtieron en lo que ellos eran – se levantó y se arrodilló junto a mi – cariño, no somos humanos, somos vampiros – me dijo resbalándole lagrimas por las mejillas – pero aún así no matamos a nadie, nos alimentamos de animales, así que no tienes porque temernos – me acarició almejilla.

 

 

- No os tengo miedo, conocí aun vampiro, pero se marchó – ambos pusieron los ojos  como platos.

 

 

- ¿Te hizo daño? ¿Quién era? – me preguntaron al unísono.

 

 

- No, me protegió y ayudó. Su nombre era Ralf – al pronunciar ese nombre volvió el dolor que había sentido ante su marcha, ese dolor me recordó a la persona  que había querido y que me abandonó. – Pero se alejó de mi, una noche así, se marchó y me dejó sola – dije entre sollozos.

 

 

Mi madre me abrazó con ternura mientras me acariciaba los cabellos.

 

 
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